*Por Antonio Rodríguez de León

Ingleses y españoles se disputan el Sahara

(Capítulo V)

Co. 21 de agosto de 2016

Durante las sesiones de las Conferencias de Berlín, (1884-1886), las naciones europeas debatían repartirse África, el Sahara entonces, era una tierra infértil con un enorme territorio desértico, era el trozo de tarta menos deseado de África. Francia dominaba Marruecos y Argelia y España que tenía varias posesiones al norte y sur de Marruecos, que defendían con continuas guerras con Marruecos. Por otro lado, la guerra en Cuba entraba en las decisiones españolas que iba a tomar en dicha Conferencia. España tenía decidido años antes, ocupar el Sahara y desalojar los intentos de los ingleses de las pesquerías. Como hemos dicho anteriormente, fue desalojado el inglés George Glass en 1764 y España no cogió el testigo de crear factorías en el Sahara. Fueron los pescadores canarios que continuaron en la península de Rio de Oro. En 1870 se constituyeron en la Cofradía de Mareantes de San Telmo, más adelante, crearon la Sociedad de Pesquerías canario africana, proyectada a dar forma societaria a la construcción de factorías pesqueras en las costas del Sahara. En 1876 el escocés Donald Mackenzie con apoyo del gobierno inglés se instala en Tarfaya (Juby), negociando directamente con el jeque del territorio. El gobierno inglés aducía que este enclave no pertenecía al reino alauita, por lo tanto, tenían los mismos derechos a la colonización.

En 1880 la recién creada Sociedad Pesquera canario-africana, aglutinaba a decenas de familias que invertían su capital, alguna empresa familiar llegó a tener un número de 3.000 trabajadores canarios dedicados a los trabajos en el Sahara y en Cabo Blanco. Compraban trozos de terrenos a los jefes de las Kabilas, construyendo sus casas, sus negocios en almacenes con grandes espacios para los salazones y secaderos de la pesca. Las actuaciones más importantes de dicha sociedad pesquera canaria, fueron los asentamientos primero en Rio de Oro y seguidamente en Cabo Blanco.  

Durante los años 1881-1884, el gobierno de España dudaba si valía la pena luchar por el Sahara, o negociarlo por algo que consideraban mejor para la defensa de la península española, la costa norte de Marruecos. Este hecho sublevó a la burguesía empresarial canaria, quienes acudieron al prestigioso colonialista español Joaquín Costa, para que les ayudaran a evitar que el gobierno español intercambiara el trueque de territorios, motivo por el que se provocaron las alarmas en el comercio interior canario, especialmente el pesquero, que por esas fechas iniciaba una nueva trayectoria empresarial. Cuestiones éstas, que se detallarán más adelante.

En el mes de octubre de 1884 hubo noticias de que los ingleses, establecidos ya en torno a Cabo Juby, tenían planes de instalar una factoría en la península de Rio de Oro. Este hecho coincide con la anunciada celebración de la Conferencia de Berlín, donde se acordarían el reparto de África a los Países que tengan intereses económicos en el continente. Las bases a debatir eran conocidas por las naciones participantes. Por esas fechas, en España se crea una sociedad mercantil privada de africanistas, que presionan al gobierno para que se decida a desplegar una política de expansión colonial en el Sahara, el movimiento empresarial español de africanistas, era conocedor de las intenciones del gobierno español de intercambiar el Sahara por la costa norte de Marruecos, dicho movimiento colonialista informó al gobierno que el escocés Mackenzie quién había instalado cerca de Cabo Juby una factoría pesquera en 1875, pretendía instalarse en Rio de Oro, lugar en que los canarios ya tenían acuerdos con los nativos del lugar. Informaron, además, que las intenciones de los ingleses era introducirse en el comercio sahariano. España rectificó sus actuaciones en el Sahara, consolidando el Protectorado de África Occidental Española, cuestión que determinó el final de la factoría de pesca que en 1876 construyó Mackenzie en Tarfaya, teniendo que abandonarla en 1895. Antes se la vendió al Sultán de Marruecos por cuarenta mil libras.



Antonio Rodríguez de León