Opinión - 16/04/2018 actualizado a las 18:11

Opinión-Adriana Langa: ‘Titulitis’

‘Cuando nos vemos obligados a falsear, maquillar y mentir si queremos aspirar a tener una mínima oportunidad en el mercado laboral’

‘Porque las empresas piden y exigen, aun cuando no sea necesario, un título universitario y varios másteres para poder desempeñar un trabajo’

*Por Adriana Langa

Co. 16 de abril de 2018

“Vale, Cifuentes no tiene el máster, ¿cuál es el problema?” declaraba hace unos días Juan Martínez Majo, presidente de la Diputación de León y perteneciente al Partido Popular, cuando se le preguntó su opinión respecto al ya conocido como “Caso Cifuentes”. “¿Cuál es el problema?” podrán pensar también muchos otros españoles bombardeados con informaciones sobre la polémica cuestión. A fin de cuentas, es un hecho que a la hora de redactar y presentar un currículum las mentiras están a la orden del día. Desde ese inglés nivel medio/alto (cuando en realidad no estudia la lengua de Shakespeare desde que se acabó el instituto), a los conocimientos del paquete Office por parte de aquellos que solo saben cambiar el tamaño de letra en Microsoft Word, o al curso de 10h que vuelve a su poseedor en un Técnico Superior. Las razones de estas “mentirijillas” suelen deberse principalmente a que las empresas piden una experiencia laboral que el candidato no tiene o porque no se cuenta con algunos requisitos necesarios para el puesto. Así que, si casi todos mentimos en nuestro currículum, ¿cuál es el problema? Pues bien, en mi humilde opinión (que admite contrarréplica) los problemas principales que subyacen son dos: la dependencia a los títulos y el despropósito político en el que se ve inmerso este país desde hace años.

Olvidémonos por un momento de Cifuentes, de Casado y de todos esos que se encuentran ahora en el punto de mira y centrémonos en la sociedad actual: el problema es que para conseguir un empleo haya que ser portador de un título de educación superior o más es un crimen desgarrador. Lo es cuando uno analiza los elevados gastos que supone recibir esta educación. Estudiar una carrera en una universidad pública española sale mucho más caro que hacerlo en un centro de las mismas características en Alemania, por ejemplo, y es que en algunas universidades públicas se llega a pagar casi 3.000€ por año en concepto de matrícula de Grado, cantidad que se triplica si el alumno no supera la totalidad de los créditos de forma exitosa. Si hablamos de estudios de postgrado esta cifra puede ascender a más de 8.000€ por año. ¿Qué hogar que perciba un sueldo medio puede sobrellevar esta carga económica sin dificultad? Sin embargo, las empresas lo piden y lo exigen aun cuando no sea necesario un título universitario y varios másteres para poder desempeñar tu trabajo. Así que nos vemos obligados a falsear, maquillar y mentir si queremos aspirar a tener una mínima oportunidad en el mercado laboral cuando la verdad es que no hace falta ser graduado en psicología para trabajar en un puesto de atención al cliente, ni es necesario tener un máster en economía para trabajar como cajero en un supermercado. Pero, ¿qué se esconde tras esta ansia de títulos? Desgraciadamente, en muchos casos la verdad oculta tras una oferta en la que se exige un rosario de másteres, títulos, cursos y diplomas es la pura y simple sobreexplotación: contratar a una persona que pueda cubrir el puesto laboral de tres, y así ahorrarse sus sueldos correspondientes.

¿Pero qué necesidad tenía la presidenta madrileña de presumir de un máster presuntamente falsificado? Esto nos lleva al segundo problema: Cifuentes tenía la necesidad de querer ser lo que no se es. Esa necesidad de falsificar la realidad y crear una paralela, que es lo que muchos de nuestros políticos hacen con gran acierto a diario desde los cargos que desempeñan, independientemente del color que defiendan. La necesidad de utilizar bisutería universitaria para adornar su currículum fácilmente mientras predican la buena nueva de sus políticas a las mismas familias a las que engañan y desprecian. El problema del caso Cifuentes es la mentira, sus mentiras, que han provocado una enorme oleada de recelo hacia una universidad pública. “Nos preocupa que nuestro trabajo, que es extraordinariamente honesto y duro por parte de la gente de la universidad, esté en tela de juicio” decía Adrián Escudero, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos I, que se manifestaba pidiendo una mayor transparencia. Y es que no es solo la reputación de la URJC la que está en tela de juicio en estos días, sino la de todas aquellas instituciones universitarias. Porque estamos constatando, escándalo tras escándalo, que esta se encuentra plagada de títulos y cursos hechos a medida previo pago y que son inaccesibles para el resto de estudiantes de universidades públicas españolas. El problema es que todas las fuentes universitarias consultadas, profesores y personal de administración de la URJC, coinciden en que “el caso Cifuentes” es un procedimiento absolutamente irregular. Y lo peor de todo esto es que los verdaderos estudiantes que se dejan las pestañas para sacar adelante sus títulos, por culpa de estos desalmados, en connivencia con un sistema corrupto, van a ver desprestigiado su esfuerzo cuando salgan a mundo laboral. El problema no es solamente un falso máster, sino que se trata de todo un tipo de hacer política, consistente en el uso y disfrute del PP de instituciones públicas. El problema es la continuidad de delitos que se quedan absolutamente impunes y la arrogancia con la que se saltan las normas más elementales del sistema. Porque hemos descubierto que mentir en España sale muy barato. El problema es que, en las democracias limpias, cuando un representante político, sea cual sea su cargo, comete errores graves, dimite, asumiendo que ha fallado y ha traicionado la confianza que los ciudadanos depositaron en él. El problema es que eso no ocurre en España. Por el contrario, aquí, en nuestro país, la democracia ha alcanzado un nivel de degradación y podredumbre que empieza a ser peligrosamente comparable al de algunos países tildados de subdesarrollados. Es por ello que nuestros políticos asumen que, cuando han sido elegidos, vamos a soportarlos hasta las próximas elecciones, hagan lo que hagan, incluso si su comportamiento es erróneo y torpe y lleva al país hacia la ruina y el desastre. Esa es la metástasis de una ideología tramposa que ha infectado y parasitado todos los estamentos públicos y sociales, que emplea peones para que la telaraña de poder siga bajo su control y perpetrar el saqueo. Lo triste es que esa realidad se cumple y degrada el concepto mismo de democracia, convirtiendo a los ciudadanos en rehenes secuestrados por sus políticos y creando el caldo de cultivo propicio para que germinen la corrupción y el abuso de poder. Y ese es el problema último de todo.

Sería bueno recordar que la parte oculta del iceberg siempre es mucho más grande y aquí, en el iceberg de la corrupción del PP, no tengan dudas, seguro que se quedarán cortos.

 



Adriana Langa